
Muchos pensarán que Don Bosco se adelantó a los tiempos en algunas de sus intuiciones y proyectos. Una de ella es, sin duda, la idea de corresponsabilidad laical en la animación y compromiso por los jóvenes pobres en sus obras. En efecto, Don Bosco quiso desde el primer momento rodearse de un vasto movimiento de personas para la salvación de la juventud. Sacerdotes, religiosos y seglares unidos en la causa del Reino a favor de de los pequeños, abandonados y en peligro.
Su idea iba mucho más allá de la simple colaboración económica en un ejercicio de caridad habitual en la sociedad católica y bien estante de su época. Se trataba, si, de ejercer la caridad con el próximo para – como dirá en más de una ocasión – “afanarse por todos los medios posibles y cooperar a la salvación de los jóvenes”.
Esta idea que le rondaba por la cabeza hacía mucho tiempo, Don Bosco intentó concretarla en varias ocasiones y por varios cauces. Se trataba de unir todas las fuerzas de bien, especialmente laicales, que pudieran a adherir a su proyecto y entregarse – aún en el mundo – a la juventud pobre, abandonada y en peligro.
La primera ocasión llegó en 1850, antes de la fundación de la propia Congregación, impulsando un grupo de seglares católicos para apoyar la obra de los Oratorios que se desarrollaba con fuerza en Turín. La iniciativa no cuajó y ele proyecto terminó por ser abandonado.
Un segundo intento vendría con la oportunidad que le ofrecía la aprobación de las Constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales. Don Bosco añade a la Regla un capítulo dedicado a los “salesianos externos”. En él se expresaba la idea de salesianos seglares que, viviendo en su familia y en con su trabajo, pudiesen comprometerse en el servicio a los jóvenes compartiendo el espíritu y la misión de la Sociedad salesiana.
Por increíble que parezca, esta era la idea más genuina de Don Bosco sobre los seglares asociados a su obra. Auténticos salesianos en el mundo en sintonía y en comunión con los salesianos consagrados y corresponsables – diríamos hoy – en la misión juvenil y popular.
Naturalmente, esta concepción se adelantaba al espíritu del Concilio Vaticano II. Lo que hoy podría ser considerado como un signo de los tiempos o una intuición de futuro, en aquel momento suscitó no poca hilaridad y un importante rechazo en la Congregación romana. El resultado fue la eliminación de dicho capítulo de las Reglas de los salesianos. La Congregación debía ser sólo y estrictamente una congregación religiosa con miembros todos ellos consagrados.
Importante revés para las intenciones del Fundador que, sin embargo, no cejo en su empeño de llevar adelante lo que consideraba una inspiración carismática para su obra en la Iglesia: e convocar a todas las fuerzas posibles para que, también desde la secularidad, se pudiera trabajar al servicio de los jóvenes pobres.
Años más tarde, aprobadas por fin en 1874 las Constituciones salesianas, pensó en dar forma ese mismo año a lo que él llamó la Unión de San Francisco de Sales. Es el esbozo de lo que algún tiempo más tarde sería la Pía Unión de cooperadores Salesianos (1876). En ella se convoca a los católicos que quieran:
- Hacerse bien a sí mismos ejerciendo la caridad con el prójimo, especialmente con los niños y jóvenes pobres.
- Participar en las obras de caridad que llevan adelante los salesianos.
- Atender a los niños pobres, recogerlos de la calle en las propias casas y librarles de los peligros.
Muchos no lo entendieron, entre ellos los mismos salesianos. Pero Don Bosco estaba convencido de que era una inspiración del Espíritu y de que sería una institución de gran valor para la propia Sociedad Salesiana y para la Iglesia.
Don Bosco, una vez más, se adelantó a su tiempo. En su corazón y en su mente estaban los salesianos externos, seglares que – en el mundo – adherían al proyecto evangelizador de la Congregación Salesiana compartiendo espíritu y misión. Todavía faltaba casi un siglo para que el Concilio Vaticano II recuperase un modelo eclesial en el que el compromiso de todos los bautizados fuese parte esencial e integrante de la misión de una Iglesia de comunión en la que ministerios y carismas surgen al servicio del pueblo de Dios.
Todavía faltaban también ciento veinticinco años para que la propia Sociedad Salesiana adquiriera mayor conciencia de la corresponsabilidad entre salesianos y seglares que comparten el carisma y la misión de San Juan Bosco.
Los salesianos externos fueron – sin duda – una intuición genial.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez