sábado, 19 de enero de 2013

Don Bosco, el alma del Oratorio


A pesar de los años y de la progresiva madurez de la obra de Don Bosco, éste no dejó nunca de cuidar la “casa madre”. Valdocco estará siempre presente en su corazón y aunque la mente y los sueños volaban lejos, su alma permanecía unida al Oratorio y su anhelo pastoral lo mantenía en medio de sus jóvenes aunque físicamente estuviese lejos y se prolongaran más de la cuenta sus ausencias de Turín. En febrero de 1870, durante una de sus estancias en Roma, escribe a Don Rua:

“Aunque en Roma no me ocupe únicamente de la casa y de nuestros jóvenes, sin embargo mi pensamiento vuela siempre donde tengo mi tesoro en Jesucristo, a mis queridos hijos del Oratorio. Varias veces al día mi mente les hace una visita”.

Valdocco vive un periodo de madurez y Don Bosco hace navegar la creciente Congregación con las velas desplegadas. Nuevas fundaciones, nuevas fronteras, nuevos proyectos. Su actividad es incansable y su industriosa creatividad parece no tener límites. Su corazón, sin embargo, está en Valdocco.
Vale la pena descubrir en estos años de expansión y desarrollo no sólo al Don Bosco fundador e impulsor de una gran obra sino también al Don Bosco director y animador espiritual del Oratorio. Aunque pasaba largos periodos fuera, cuando estaba en casa se dedicaba en cuerpo y alma a la atención a las personas, a la confesión, a la animación de los chicos, al acompañamiento de los salesianos, al despacho de cuestiones domésticas… Aún cuando estaba ausente, su acción inspiradora ejercía un influjo más que notable y su palabra era iluminadora para sus más inmediatos colaboradores.
Don Bosco fue siempre el alma del Oratorio. Hasta sus últimos días. Aún enfermo y con pocas fuerzas, su actividad fue impresionante y su influjo decisivo. Ya postrado y recluido en su habitación muchas horas al día, recibía aún visitas, atendía asuntos de la casa, daba las buenas noches, confesaba… Para todos tenía una palabra, un gesto amable, una indicación que tomar en consideración.
Para muestra, un botón. Escribe su secretario personal, Don Viglietti, en su crónica el día 10 de abril de 1886 (menos de dos años antes de su muerte):

“Esta mañana Don Bosco tuvo muchas visitas (…) Después de comer, los jóvenes tuvieron un poco de alegría con la actuación de la banda (…) Don Bosco dio a todos un dulce; los jóvenes no cabían en sí de gozo por tener a Don Bosco con ellos. Papá está bastante bien, se le han calmado los dolores y está muy contento”.

Las actividades continuaron por la tarde recibiendo personas, pronunciando una conferencia y recibiendo donativos. Don Bosco tenía setenta y un años y estaba ya muy enfermo. Pero su corazón seguía latiendo y su latido era el de Valdocco. Como lo había sido en las últimas cuatro décadas. Era su casa, su familia, la tierra de la promesa hecha definitivamente realidad. Desde la atalaya de sus muchos años y del largo camino recorrido aquel viejo sacerdote seguirá siendo el alma de una heredad sólo concedida a los de corazón grande y mirada ancha. Más allá de confines y de la muerte su espíritu, el espíritu de Valdocco, seguirá dando vida a las casas salesianas de todos los tiempos.

jueves, 17 de enero de 2013

Don Bosco, un pobre campesino


El viaje que realiza Don Bosco a París en 1883 resultó ser una auténtica apoteosis. Ya anciano y con numerosos achaques, con la obra salesiana en pleno desarrollo y con importante reconocimiento social y eclesial, su visita a las casas salesianas y a los benefactores franceses fue un viaje en el que la sociedad parisina expresó al santo sacerdote una profunda estima y gran veneración.
Don Bosco tiene 68 años y está envejecido. Busca dinero desesperadamente para terminar la construcción de la Basílica del Sagrado Corazón en Roma. Como decía a menudo caminando encorvado y con paso lento, subiendo y bajando escaleras en las casas de sus benefactores, “Llevo la Iglesia del Sagrado Corazón a cuestas”.
El viaje por toda Francia durará cuatro meses, del 31 de enero al 31 de mayo. Fue agotador. Pero aquel viaje, como el que posteriormente realizará a España, contribuirá notablemente a forjar la imagen pública del “hombre de Dios”. Como bien reconoce uno de sus biógrafos más populares, Teresio Bosco, “Estos últimos trabajos no estuvieron al servicio de un templo, ni de los jóvenes pobres, sino de toda una generación que corría el riesgo de perder el sentido de Dios y los más grandes valores de la vida. Esta generación, en Francia y en España, descubre en él ‘el sentido de Dios’ y del ‘prodigarse por los demás’”.
Y así fue. Después del recibimiento entusiasta y de la emoción de la acogida, le acompañó el fervor de los católicos parisinos durante las cinco semanas que permaneció en la ciudad. Recibía visitas y se dejaba fotografiar: “Es un buen modo de interesar a la gente por mi obra”, decía.
Después de la apoteosis y de una colecta más que sustanciosa, volviendo en el tren hacia Turín, Don Bosco reflexiona sobre lo vivido. Nos recogen su conversación con Don Rua las mismas Memorias Biográficas:

“Es algo singular. ¿Recuerdas, Rua, el camino que va de Butigliera a Morialdo? Allí a la derecha, hay una colina; en la colina una casita; y, desde la casita al camino, se extiende por la pendiente un prado. Aquella pobre casita era mi vivienda y la de mi madre; a aquel prado llevaba yo de muchacho dos vacas a pacer. Si todos esos señores supieran que han conducido en triunfo a un pobre aldeano de I Becchi, ¿qué te parece?... Son bromas de la Providencia”.

Bromas de la Providencia. Aquel campesino sabía bien lo que decía. Dios había estado grande con él, como lo está siempre con los pequeños y los pobres. Es a los humildes a quienes ensalza el Señor colmándolos de bienes. Y a aquel vaquero de I Becchi la Providencia le había salido al encuentro llevándolo como en alas de águila y protegiéndolo en la palma de su mano. Y ahora, envejecido y desgastado en el ocaso de su existencia, ante la inmensidad de la obra acometida y la intensidad de lo vivido,  los ojos del anciano se llenan de lágrimas reconociendo que sólo es un hijo de campesinos a quien Dios lo rodeó de misericordia.
 Fue un triunfo su viaje a Francia. Pero el verdadero triunfo es el de la mirada al camino desde la cúspide de la montaña contemplando el atardecer para reconocer, con la misma  humildad de la fatiga en el sendero, que todo es Dios. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Sin un céntimo


Cuenta el fiel secretario Viglietti en su crónica que el 16 de agosto de 1886 Don Durando, prefecto de la Congregación, entró en la habitación de Don Bosco y cogió todo el dinero del que Don Bosco disponía en ese momento para poder hacer frente a pagos imperiosos de la casa.
            Apenas salió de la habitación, entró una persona que esperaba para ver a Don Bosco y del que el secretario no ha trascrito el nombre. El anónimo personaje se sintió sorprendido al escuchar de Don Bosco:

-       Perdone si le he hecho esperar. Ha venido el prefecto de la Congregación y se ha llevado todo el dinero que tenía… y aquí ha quedado el pobre Don Bosco sin un céntimo…
-       Pero Don Bosco… y si en este momento usted tuviera urgente necesidad de una suma, ¿cómo haría?
-       ¡Oh, la Providencia!, dijo Don Bosco.
-       Providencia, providencia… está bien… exclamó aquel Señor. Pero ahora está sin dinero y si tuviese necesidad no dispondría de nada.

Cuenta Viglietti que Don Bosco lo miró con calma; sonriendo y con una mirada “inspirada” le dijo a aquel señor que fuera a la antesala y que allí encontraría una persona que traía un donativo para Don Bosco.

-       ¿Cómo dice? ¿De verdad? ¿Y quién se lo ha dicho?
-       Nadie me lo ha dicho… Yo lo sé y lo sabe María Auxiliadora. Vaya, vaya a ver.

Se acercó a la antesala y, en efecto, allí había un señor al que le preguntó:

-       ¿Viene usted a ver a Don Bosco?
-       Sí… vengo a entregar un donativo a Don Bosco.

Todos se quedaron de piedra. La Providencia. Siempre la Providencia. La que  nunca abandonó a Don Bosco y siempre salió al paso de sus necesidades por muy acuciantes que éstas fueran. Don Bosco lo sabía y confiaba. 

martes, 15 de enero de 2013

¡Podéis contar conmigo!


Conocer a Don Bosco es una estupenda oportunidad para acercarnos más a él y seguir descubriendo los tesoros de su persona, de su experiencia de Dios, de su proyecto liberador para los jóvenes, de su propuesta pedagógica siempre actual.
Ante el inicio de un año nuevo, Don Bosco solía aprovechar las buenas noches del 31 de diciembre para dar a sus  chavales el “aguinaldo”, esto es, un recuerdo espiritual para el nuevo año. En 1859, comenzó de esta manera:

“Mis queridos hijos, vosotros sabéis cuánto os quiero y cómo me he consagrado por entero a haceros el mayor bien que me sea dado. Ese poquito de ciencia, ese poquito de experiencia que he adquirido, cuanto soy y cuanto poseo, oraciones, fatigas, salud, mi vida misma, todo deseo emplearlo en vuestro servicio. Todos los días y para cualquier cosa podéis contar conmigo. Por mi parte, y como aguinaldo, me doy a vosotros por entero; será cosa pequeña, pero cuando os lo doy, quiero decir que nada me reservo para mí”.

Sin duda, Don Bosco en estado puro. Palabras pronunciadas desde el corazón, llenas de familiaridad y afecto, cargadas de fuerza porque sostenidas con la experiencia que los propios muchachos tenían cada día de cercanía y cariño de parte del padre de la casa que no escatimaba esfuerzos para abrirles senderos de esperanza en medio de dificultades y sinsabores.
Todos sabían que Don Bosco no decía aquellas palabras para la ocasión. ¡Habían vivido tantas veces este “darse por entero” de aquel pequeño sacerdote de corazón grande! 
Por eso aquellas “buenas noches” debieron alentar la esperanza de muchos de aquellos jóvenes desarrapados, desconcertados y sin demasiadas perspectivas. Había motivos para la confianza. Aquel cura se ocupaba de ellos como un padre bueno lo hace con sus hijos.
Para los jóvenes del Oratorio, estar junto a Don Bosco era una alegría. Uno de sus muchachos, de los que oyó tantas veces “buenas noches” como éstas, escribió:

“Con frecuencia decíamos entre nosotros: ¡Qué gusto da estar cerca de Don Bosco! Quien puede hablarle un instante, enseguida se siente lleno de confianza” (Juan Bautista Francesia).

¡Estar cerca de Don Bosco! De eso se trata también para nosotros. Acercarnos a Don Bosco, escucharlo, conocerlo, hacerlo nuestro.
Ésta es nuestra tarea, volver a entusiasmarnos, siempre y en toda ocasión, con Don Bosco, dándolo a conocer y entusiasmar a muchos que quieran vivir como él.
Ésta fue la experiencia de Miguel Rua:

“He vivido al lado de Don Bosco por espacio de treinta y siete años… Me impresionaba más observar a Don Bosco y estar junto a él que leer y meditar cualquier libro de devoción” (Miguel Rua).

Estar junto a Don Bosco. Nuestro padre nos recuerda, como en aquel lejano 1859: “¡Podéis contar conmigo!”. El seguirá, desde el cielo, susurrándonos al oído la buena noticia del amor de Dios que como pan tierno y blanco sus hijos seguirán partiendo siempre entre los jóvenes.