domingo, 4 de octubre de 2009

MUCHO MÁS QUE LAS COLINAS DEL MONFERRATO

Mis queridos amigos:
Durante muchos años, Don Bosco acostumbró a celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Rosario en I Becchi, acompañado de un puñado de muchachos que lo acompañaban con una alegría inimaginable.
Eran los mejores chicos del Oratorio. Para todos era un premio estar con Don Bosco unos días de vacaciones. Primero fueron unos cuantos, pero pronto sobrepasaron el centenar.
El primer destino estable fue su tierra y su casa natal. José, su hermano, acogía con gusto aquella horda de muchachos y los acomodaba como podía en graneros y establos cuidando de proveer lo necesario. Provocarían, a buen seguro, algún disgusto; pero el buen José sabía mirar para otro lado y hacer que las cosas transcurrieran lo mejor posible.
Después de 1858, Don Bosco planeó auténticas marchas por los pueblos del Piamonte y de las provincias limítrofes. Cuidaba con antelación los itinerarios y se confiaba a amigos y bienhechores que los acogían en sus casas o preparaban alguna merienda para aquel ejército dispuesto en batalla cuando de acallar el hambre se trataba. No faltaron nunca la fruta, el pan recién hecho o un pedazo de queso ofrecido con generosidad por los lugareños entusiasmados con aquella algarabía que el sacerdote con fama de santo se empañaba en calmar, sin demasiado éxito las más de las veces.
Nos han llegado algunos hermosos testimonios de aquellos días de fiesta y alegría para tantos jóvenes que disfrutaron de experiencias inolvidables acompañando a Don Bosco. Uno de sus muchachos, Anfossi, dejó escrito esto:

“Siempre recuerdo aquellos viajes. Me llenaban de alegría y maravilla. Acompañé a Don Bosco por los collados del Monferrato desde 1854 a 1860. Éramos un centenar de jóvenes y veíamos la fama de santidad que gozaba ya Don Bosco. Su llegada a los pueblos era un triunfo. A su paso salían los párrocos de los alrededores y ordinariamente también las autoridades civiles. La gente se asomaba a las ventanas o salía a la puerta de la calle, los campesinos dejaban la labor para ver al Santo (…)”.

Toda la pedagogía de Don Bosco encerrada en estos “paseos otoñales”. La familiaridad y la camaradería, la alegría y la fiesta. Tiempo para caminar, como se avanza por los senderos de la vida, y espacio para conversar y trabar amistad. La presencia de Don Bosco es la del adulto que acompaña en el camino. Una presencia amable y buena. Una palabra para todos y el gesto cómplice y solidario con quien tiene más dificultades en llegar a la meta.
La música y la fiesta esponjaban el corazón y desencadenaban las fuerzas de aquellos jóvenes entusiastas que se sentían felices por estar junto al padre a quien tanto admiraban y a quien tan agradecidos le estaban. En perfecta formación, haciendo sonar los instrumentos musicales, la entrada de los muchachos de Don Bosco en aquellos pequeños pueblos del Piamonte debía ser todo un acontecimiento.
A los muchachos les llenaba de “maravilla y alegría”. A Don Bosco, le parecía tocar el cielo disfrutando de la sonrisa de sus jóvenes y de sus cantos de fiesta. No faltaban la oración y la bendición con el Santísimo en la Iglesia del pueblo. El afecto del padre se hacía confianza en la familiaridad del camino vital que, sin saberlo, muchos de aquellos jóvenes recorrieron junto a él. Mucho más que las colinas del Monferrato.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

sábado, 26 de septiembre de 2009

LA OTRA REVOLUCIÓN

Mis queridos amigos:
Don Bosco se empleó con todas sus fuerzas para abrir futuro en la vida de muchos jóvenes que habían perdido toda esperanza. Siendo joven sacerdote, vio, escuchó, supo captar la realidad social y ponerse manos a la obra para tratar de paliar los efectos desastrosos de una revolución industrial que estaba dejando en la cuneta a los hijos de nadie. Eran, los más, emigrados del campo a la ciudad en busca de una fortuna que muchos les negaban obstinadamente excluyéndolos de la nueva realidad social que emergía con fuerza al calor de un nuevo orden económico.
En Turín, Don Bosco se dio cuenta de que no bastante partir el pan de la solidaridad con los más necesitados, sino que era urgente poner en marcha una revolución paralela. Era necesario hacer palanca sobre los rígidos cánones industriales y la nueva economía burguesa para propiciar un cambio social. Se trataba, en efecto, de dar más a los que menos tenían y ofrecerles oportunidades para asegurarles la posibilidad de desarrollar todas sus potencialidades.
La “obra de los Oratorios”, como le gustaba llamar a su proyecto el propio Don Bosco, fue el intento logrado de hacer protagonistas a los jóvenes de su propio futuro, de implicarlos en su desarrollo y en el cambio social, de canalizar todas sus energías de bien para propiciar una realidad nueva en medio de un mundo que nunca presta suficiente atención a los más vulnerables.
Escribe el propio Don Bosco en los “Trazos históricos en torno al Oratorio de San Francisco de Sales” (1862):

“En cada año se ha logrado a colocar a varios centenares de jóvenes junto a buenos empresarios con los que han aprendido un buen oficio. Muchos volvieron a sus casas y a sus familias de donde habían huido; y ahora se mostraban más dóciles y obedientes. No pocos fueron empleados en honestas familias (…) bastantes de ellos encuentran trabajo en las bandas de música de la guardia nacional o en las bandas militares; otros continúan su oficio en nuestra casa; un número importante se dedican a la enseñanza; estos hacen regularmente sus exámenes o quedan aquí en casa y van en calidad de maestros a los pueblos en que se les requiere; algunos hacen también carreras civiles”.

Ciertamente, resultados más que notables que harían interesarse por la fórmula del éxito en los porcentajes de inserción laboral a más de un ministro de trabajo en la actualidad. Bromas aparte, lo cierto es que Don Bosco lleva a cabo una ingente tarea de promoción que busca no sólo una acción paliativa con sus muchachos necesitados sino una auténtica transformación social. Su proyecto educativo-evangelizador quiso ser una palanca de cambio para mejorar la realidad y adelantar un futuro con más oportunidades para todos.
Fue la otra revolución. La de un mundo diferente en el que nadie es excluido ni condenado a comer sólo las migajas que caen de la mesa del señor. En tiempos de crisis, la fuerza utópica de aquel joven sacerdote turinés es un estímulo para creer que otra realidad es posible.

Vuestro amigo, José Miguel Núñez

viernes, 18 de septiembre de 2009

LOS POBRES HIJOS DEL PUEBLO

Mis queridos amigos:
Tras la primera experiencia de una casa salesiana fuera de Turín, Mirabello, muchas otras instancias políticas y religiosas reclamaron la presencia de los salesianos en diferentes partes de Italia para la educación de los jóvenes pobres. Se trataba, sobre todo, de colegios para los hijos de la gente sencilla. Como dice P. Stella, uno de los mejores conocedores del siglo de Don Bosco:

“A partir de 1863 se asiste a un multiplicarse de colegios, hospicios, escuelas para artesanos, escuelas agrícolas, seminarios abiertos o regidos por salesianos y su preferencia por los internados… El colegio salesiano contribuyó a alimentar, con una sólida formación de jóvenes levas, las fuerzas católicas en Italia y en el mundo”.

Pero Don Bosco estuvo siempre vigilante para que la “colegialización” de la Congregación no desvirtuara el auténtico espíritu con el que los salesianos fueron fundados. Aceptó colegios con la condición de crear también oratorios y talleres, internados para pobres y seminarios…
Las Memorias Biográficas nos han transmitido algunas de sus preocupaciones en forma de recomendaciones que el propio Santo atribuye al Papa tras una visita al Vaticano en 1869. No es difícil descubrir en estas líneas el corazón y la inquietud de nuestro padre:

“Conformaos siempre con los pobres hijos del pueblo. Educad a los jóvenes pobres, no tengáis nunca colegios para ricos y nobles. Cobrad pensiones modestas, no las aumentéis. No toméis la administración de casas ricas. Mientras eduquéis a los pobres, mientras seáis pobres, os dejarán tranquilos y haréis el bien”.

Nuestra congregación nació de la visita a las cárceles y de la experiencia de encuentro con los jóvenes pobres en los arrabales de Turín. La “obra de los Oratorios”, como viene descrita en el acta fundacional de la Congregación Salesiana pretende ayudar a salir de la miseria, de la ignorancia y de la falta de instrucción religiosa a todos aquellos a los que la vida ha esquinado y les ha privado de la oportunidad de vivir como personas logradas.
Don Bosco estará siempre preocupado, hasta el final de sus días, por mantener este espíritu. Nosotros somos, dirá e muchas ocasiones, “para los jóvenes pobres”. Y ese debería ser el criterio fundamental de verificación de lo significativo de una obra salesiana.
Hoy nos recordamos que hay nuevas fronteras que alcanzar, allí donde los jóvenes están en descampado y sufren antiguas y nuevas pobrezas, donde son excluidos del sistema y vulnerables a cualquier agresión. Ese es nuestro éxodo, nuestra travesía del desierto, hacia la tierra prometida: los jóvenes pobres, abandonados y en peligro.
Este es el reto de toda la familia salesiana, ciento cincuenta años después de que Don Bosco decidiera, inspirado por el Espíritu, con un grupo de muchachos que habían crecido con él, dar vida a una Congregación para ocuparse, espiritual y materialmente, de “los pobres hijos del pueblo”.
Ni más ni menos.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

jueves, 23 de julio de 2009

EL PRESTIDIGITADOR DE LOS NUMEROS O LA LOTERIA ILEGAL

Mis queridos amigos:
De todos es conocida la creatividad de Don Bosco para hacer frente a las necesidades de sus obras y especialmente para la búsqueda de recursos ante las dificultades de los muchachos pobres y abandonados.
En una carta fechada en agosto de 1872, Don Bosco escribe al alcalde de Turín, el Conde Felice Rignon, pidiendo ayuda pública para su obra a favor de los jóvenes pobres de los arrabales de la ciudad. Leemos en la carta:

“Un numero extra-grande (de jóvenes de Valdocco) sea por descuido de la familia sea porque mal vestidos o por propia disipación se quedan vagantes todo el día con daño para ellos mismos y con molestia para la autoridad de la seguridad pública. Para intentar atender a estos pobres muchachos, además de las clases nocturnas he abierto también algunas clases diurnas. Este año, pudiendo tener algunos locales más, el número de los alumnos creció notablemente y en el presente su número efectivo sobrepasa los trescientos”.

En efecto, en el curso 1871-1872, Don Bosco había abierto clases elementales para los externos y había de ingeniárselas para atender a los “cerca de mil” jóvenes externos y a los “850 internos” de Valdocco, tal como le escribía en una nueva carta al alcalde e Turín en 1875 pidiéndole ayuda. Números inflados o no, lo cierto es que, como él mismo reconocía en alguna carta a otro benefactor, “la necesidad crea la virtud y el hambre hace salir al lobo de la madriguera”.
Y así era. Aquel mismo año Don Bosco monta de nuevo una lotería, aunque en esta ocasión camuflada como subasta en la que el lote estrella era una reproducción de un cuadro de Rafael titulado “La Madonna di Foligno”. Junto al cuadro, se sorteaban otros cien regalos entre los compradores.
Durante todo un año hizo repartir los números a amigos, benefactores, conocidos… recaudando una considerable cantidad para sus obras que daba un respiro a la maltrecha economía del Oratorio y que estaba especialmente destinada al hospicio de Sampierdarena.
Pero la justicia no miró para otro lado ante las irregularidades y por mucho que Don Bosco hablase de beneficencia no logró convencer al intendente de las finanzas que, finalmente, declaró ilegal la operación y llevó el caso a los tribunales. En la sentencia declararon culpable a Don Bosco y le impusieron una multa importante y la confiscación definitiva del cuadro subastado.
No obstante, el juez reconocía la finalidad benéfica de la subasta y alababa la intención del propio Don Bosco.
Finalmente, ante una súplica de gracia ante el Rey, éste concedía el indulto a Don Bosco con un decreto que llegó al Oratorio el 11 de noviembre de 1975, día del adiós a los primeros salesianos que partían hacia América.
Aventuras y desventuras de un sacerdote ingenioso y audaz que hacía de todo para recaudar fondos y poder llevar adelante sus obras en favor de la juventud pobre y abandonada.
La prensa anticlerical de la época lo llamaba “Don Busca”, pero lo cierto es que más allá del despreciativo apelativo, Don Bosco no perdía ocasión de poner de relieve el aspecto social y político de su obra ante un estado liberal que miraba incluso con simpatía las obras de aquel sacerdote emprendedor y tenaz.
Prestidigitador de los números, con furbizzia (astucia, sagacidad), supo plantar cara a la realidad, alargando la solidaridad por el bien de sus muchachos.
Vuestro amigo
José Miguel Núñez

miércoles, 15 de julio de 2009

LA DEUDA DEL PANADERO

Mis queridos amigos:
Corría el año 1852 cuando en el Oratorio de Valdocco se vinieron literalmente abajo los sueños de Don Bosco.
Con gran esfuerzo, no pocos sacrificios y mucha confianza en la Providencia se habían comenzado las obras de un nuevo edificio que ampliaba notablemente la vieja construcción. Se trataba de albergar a más muchachos y disponer de más espacios para clases y talleres.
Las obras se desarrollaron con gran rapidez pero la estación otoñal ganó la partida antes de que pudieran terminarse los trabajos. Un violento aguacero se desencadenó y golpeó con insistencia la ciudad de Turín durante varios días. Hubo que interrumpir la construcción y el agua, filtrada por entre vigas y listones, arrastró la argamasa todavía fresca debilitando el edificio recién levantado.
Era de esperar. Cercanos a la medianoche del día 2 de diciembre, un ruido estrepitoso anunció lo que estaba sucediendo. En el edificio colindante, los chavales dormían y se despertaron sobresaltados corriendo despavoridos intuyendo la desgracia. En pocos minutos, todo se vino abajo y con las paredes y el armazón del techo se derrumbaron también las ilusiones y esperanzas que sostenían el empeño y el sacrificio de tanto tiempo.
Por fortuna, no hubo que lamentar desgracias personales. Y eso que se temía que pudiera venirse abajo también el viejo edificio, dado que la nueva construcción se apoyaba en sus muros. Como atestiguó el ingeniero del ayuntamiento que inspeccionó el lugar al día siguiente, había motivos para “dar gracias a la Virgen de Consolación porque aquella pilastra se sostiene por milagro y, de caer, hubiese sepultado entre ruinas a Don Bosco y a los treinta muchachos acostados en el dormitorio que está debajo”.
Pero no había tiempo para el desaliento. Valorados los daños, Don Bosco se puso de nuevo manos a la obra. Hubo que esperar al buen tiempo, pero apenas se pudo, se reanudaron los trabajos.
¿De dónde sacar tanto dinero? La Providencia venía una y otra vez al encuentro de las necesidades del santo sacerdote. No faltaron los bienhechores que, con gran generosidad, hacían llegar a Valdocco los recursos necesarios.
Como el mismo Don Bosco recuerda en las “Memorias del Oratorio”, este constante goteo de ayudas y solidaridades era el “pan nuestro de cada día”. Y nunca mejor dicho. Ante tantos gastos y necesidades, el panadero no cobraba hacía tiempo. En aquellos días, como en tantos otros momentos, el panadero – cuenta Don Bosco – “empezaba a poner dificultades en el suministro del pan”.
¿Quién sabe cuántas veces habría avisado a Don Bosco de la deuda contraída con él? ¿Cuántas veces habría amenazado con dejar de servirle? Pero los chicos del Oratorio sabían que el Padre Dios les daría siempre el pan de cada día.
Así fue. Entre todos los benefactores y amigos de la obra de Don Bosco, el Conde Cays (que años más tarde se hará salesiano y sacerdote), saldó la vieja deuda de 1200 francos con el panadero. Y continuó el suministro. Y hubo nuevo edificio. Y nuevas escuelas. La Providencia.
Tiempos épicos de necesidad y de gracia. De confianza ilimitada en Dios y de temeridad. Pero los sueños se hacen siempre realidad cuando de por medio está la tenacidad de la fe, el aliento de la esperanza y el ardor de la caridad. Y Dios hace llegar siempre el pan a sus hijos, aunque para ello alguien tenga antes que pagar la deuda con el panadero.
Vuestro amigo
José Miguel Núñez