viernes, 18 de septiembre de 2009

LOS POBRES HIJOS DEL PUEBLO

Mis queridos amigos:
Tras la primera experiencia de una casa salesiana fuera de Turín, Mirabello, muchas otras instancias políticas y religiosas reclamaron la presencia de los salesianos en diferentes partes de Italia para la educación de los jóvenes pobres. Se trataba, sobre todo, de colegios para los hijos de la gente sencilla. Como dice P. Stella, uno de los mejores conocedores del siglo de Don Bosco:

“A partir de 1863 se asiste a un multiplicarse de colegios, hospicios, escuelas para artesanos, escuelas agrícolas, seminarios abiertos o regidos por salesianos y su preferencia por los internados… El colegio salesiano contribuyó a alimentar, con una sólida formación de jóvenes levas, las fuerzas católicas en Italia y en el mundo”.

Pero Don Bosco estuvo siempre vigilante para que la “colegialización” de la Congregación no desvirtuara el auténtico espíritu con el que los salesianos fueron fundados. Aceptó colegios con la condición de crear también oratorios y talleres, internados para pobres y seminarios…
Las Memorias Biográficas nos han transmitido algunas de sus preocupaciones en forma de recomendaciones que el propio Santo atribuye al Papa tras una visita al Vaticano en 1869. No es difícil descubrir en estas líneas el corazón y la inquietud de nuestro padre:

“Conformaos siempre con los pobres hijos del pueblo. Educad a los jóvenes pobres, no tengáis nunca colegios para ricos y nobles. Cobrad pensiones modestas, no las aumentéis. No toméis la administración de casas ricas. Mientras eduquéis a los pobres, mientras seáis pobres, os dejarán tranquilos y haréis el bien”.

Nuestra congregación nació de la visita a las cárceles y de la experiencia de encuentro con los jóvenes pobres en los arrabales de Turín. La “obra de los Oratorios”, como viene descrita en el acta fundacional de la Congregación Salesiana pretende ayudar a salir de la miseria, de la ignorancia y de la falta de instrucción religiosa a todos aquellos a los que la vida ha esquinado y les ha privado de la oportunidad de vivir como personas logradas.
Don Bosco estará siempre preocupado, hasta el final de sus días, por mantener este espíritu. Nosotros somos, dirá e muchas ocasiones, “para los jóvenes pobres”. Y ese debería ser el criterio fundamental de verificación de lo significativo de una obra salesiana.
Hoy nos recordamos que hay nuevas fronteras que alcanzar, allí donde los jóvenes están en descampado y sufren antiguas y nuevas pobrezas, donde son excluidos del sistema y vulnerables a cualquier agresión. Ese es nuestro éxodo, nuestra travesía del desierto, hacia la tierra prometida: los jóvenes pobres, abandonados y en peligro.
Este es el reto de toda la familia salesiana, ciento cincuenta años después de que Don Bosco decidiera, inspirado por el Espíritu, con un grupo de muchachos que habían crecido con él, dar vida a una Congregación para ocuparse, espiritual y materialmente, de “los pobres hijos del pueblo”.
Ni más ni menos.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

jueves, 23 de julio de 2009

EL PRESTIDIGITADOR DE LOS NUMEROS O LA LOTERIA ILEGAL

Mis queridos amigos:
De todos es conocida la creatividad de Don Bosco para hacer frente a las necesidades de sus obras y especialmente para la búsqueda de recursos ante las dificultades de los muchachos pobres y abandonados.
En una carta fechada en agosto de 1872, Don Bosco escribe al alcalde de Turín, el Conde Felice Rignon, pidiendo ayuda pública para su obra a favor de los jóvenes pobres de los arrabales de la ciudad. Leemos en la carta:

“Un numero extra-grande (de jóvenes de Valdocco) sea por descuido de la familia sea porque mal vestidos o por propia disipación se quedan vagantes todo el día con daño para ellos mismos y con molestia para la autoridad de la seguridad pública. Para intentar atender a estos pobres muchachos, además de las clases nocturnas he abierto también algunas clases diurnas. Este año, pudiendo tener algunos locales más, el número de los alumnos creció notablemente y en el presente su número efectivo sobrepasa los trescientos”.

En efecto, en el curso 1871-1872, Don Bosco había abierto clases elementales para los externos y había de ingeniárselas para atender a los “cerca de mil” jóvenes externos y a los “850 internos” de Valdocco, tal como le escribía en una nueva carta al alcalde e Turín en 1875 pidiéndole ayuda. Números inflados o no, lo cierto es que, como él mismo reconocía en alguna carta a otro benefactor, “la necesidad crea la virtud y el hambre hace salir al lobo de la madriguera”.
Y así era. Aquel mismo año Don Bosco monta de nuevo una lotería, aunque en esta ocasión camuflada como subasta en la que el lote estrella era una reproducción de un cuadro de Rafael titulado “La Madonna di Foligno”. Junto al cuadro, se sorteaban otros cien regalos entre los compradores.
Durante todo un año hizo repartir los números a amigos, benefactores, conocidos… recaudando una considerable cantidad para sus obras que daba un respiro a la maltrecha economía del Oratorio y que estaba especialmente destinada al hospicio de Sampierdarena.
Pero la justicia no miró para otro lado ante las irregularidades y por mucho que Don Bosco hablase de beneficencia no logró convencer al intendente de las finanzas que, finalmente, declaró ilegal la operación y llevó el caso a los tribunales. En la sentencia declararon culpable a Don Bosco y le impusieron una multa importante y la confiscación definitiva del cuadro subastado.
No obstante, el juez reconocía la finalidad benéfica de la subasta y alababa la intención del propio Don Bosco.
Finalmente, ante una súplica de gracia ante el Rey, éste concedía el indulto a Don Bosco con un decreto que llegó al Oratorio el 11 de noviembre de 1975, día del adiós a los primeros salesianos que partían hacia América.
Aventuras y desventuras de un sacerdote ingenioso y audaz que hacía de todo para recaudar fondos y poder llevar adelante sus obras en favor de la juventud pobre y abandonada.
La prensa anticlerical de la época lo llamaba “Don Busca”, pero lo cierto es que más allá del despreciativo apelativo, Don Bosco no perdía ocasión de poner de relieve el aspecto social y político de su obra ante un estado liberal que miraba incluso con simpatía las obras de aquel sacerdote emprendedor y tenaz.
Prestidigitador de los números, con furbizzia (astucia, sagacidad), supo plantar cara a la realidad, alargando la solidaridad por el bien de sus muchachos.
Vuestro amigo
José Miguel Núñez

miércoles, 15 de julio de 2009

LA DEUDA DEL PANADERO

Mis queridos amigos:
Corría el año 1852 cuando en el Oratorio de Valdocco se vinieron literalmente abajo los sueños de Don Bosco.
Con gran esfuerzo, no pocos sacrificios y mucha confianza en la Providencia se habían comenzado las obras de un nuevo edificio que ampliaba notablemente la vieja construcción. Se trataba de albergar a más muchachos y disponer de más espacios para clases y talleres.
Las obras se desarrollaron con gran rapidez pero la estación otoñal ganó la partida antes de que pudieran terminarse los trabajos. Un violento aguacero se desencadenó y golpeó con insistencia la ciudad de Turín durante varios días. Hubo que interrumpir la construcción y el agua, filtrada por entre vigas y listones, arrastró la argamasa todavía fresca debilitando el edificio recién levantado.
Era de esperar. Cercanos a la medianoche del día 2 de diciembre, un ruido estrepitoso anunció lo que estaba sucediendo. En el edificio colindante, los chavales dormían y se despertaron sobresaltados corriendo despavoridos intuyendo la desgracia. En pocos minutos, todo se vino abajo y con las paredes y el armazón del techo se derrumbaron también las ilusiones y esperanzas que sostenían el empeño y el sacrificio de tanto tiempo.
Por fortuna, no hubo que lamentar desgracias personales. Y eso que se temía que pudiera venirse abajo también el viejo edificio, dado que la nueva construcción se apoyaba en sus muros. Como atestiguó el ingeniero del ayuntamiento que inspeccionó el lugar al día siguiente, había motivos para “dar gracias a la Virgen de Consolación porque aquella pilastra se sostiene por milagro y, de caer, hubiese sepultado entre ruinas a Don Bosco y a los treinta muchachos acostados en el dormitorio que está debajo”.
Pero no había tiempo para el desaliento. Valorados los daños, Don Bosco se puso de nuevo manos a la obra. Hubo que esperar al buen tiempo, pero apenas se pudo, se reanudaron los trabajos.
¿De dónde sacar tanto dinero? La Providencia venía una y otra vez al encuentro de las necesidades del santo sacerdote. No faltaron los bienhechores que, con gran generosidad, hacían llegar a Valdocco los recursos necesarios.
Como el mismo Don Bosco recuerda en las “Memorias del Oratorio”, este constante goteo de ayudas y solidaridades era el “pan nuestro de cada día”. Y nunca mejor dicho. Ante tantos gastos y necesidades, el panadero no cobraba hacía tiempo. En aquellos días, como en tantos otros momentos, el panadero – cuenta Don Bosco – “empezaba a poner dificultades en el suministro del pan”.
¿Quién sabe cuántas veces habría avisado a Don Bosco de la deuda contraída con él? ¿Cuántas veces habría amenazado con dejar de servirle? Pero los chicos del Oratorio sabían que el Padre Dios les daría siempre el pan de cada día.
Así fue. Entre todos los benefactores y amigos de la obra de Don Bosco, el Conde Cays (que años más tarde se hará salesiano y sacerdote), saldó la vieja deuda de 1200 francos con el panadero. Y continuó el suministro. Y hubo nuevo edificio. Y nuevas escuelas. La Providencia.
Tiempos épicos de necesidad y de gracia. De confianza ilimitada en Dios y de temeridad. Pero los sueños se hacen siempre realidad cuando de por medio está la tenacidad de la fe, el aliento de la esperanza y el ardor de la caridad. Y Dios hace llegar siempre el pan a sus hijos, aunque para ello alguien tenga antes que pagar la deuda con el panadero.
Vuestro amigo
José Miguel Núñez

jueves, 9 de julio de 2009

"¿TIEMPOS DIFICILES? TIEMPO DE HACER EL BIEN"

Mis queridos amigos:
En el año 1848 Don Bosco trataba por todos los medios de dar estabilidad a la obra emprendida en Valdocco y buscaba – con creatividad – maneras nuevas de acompañar a sus muchachos y ayudarles a crecer y a madurar como personas y como cristianos.
Aunque no faltaban las fuerzas ni la confianza en Dios, sin embargo el día a día no estaba exento de dificultades que hacían muy duro el camino. Así lo describe Don Bosco en las memorias del oratorio:
“Los muchachos, congregándose en varios puntos de la ciudad, en las calles y en las plazas, consideraban lícito cualquier ultraje al sacerdote o a la religión. Yo mismo fui agredido varias veces en casa y en la calle. Cierto día, mientras enseñaba el catecismo, entró una bala de fusil por la ventana; me perforó la sotana, entre el brazo y las costillas, y abrió un gran agujero en la pared. En otra ocasión, un sujeto bastante conocido, a pleno díAñadir imagena y encontrándome en medio de una multitud de niños me agredió con un largo cuchillo en la mano (…) resultaba, pues, muy difícil dominar a tan desenfrenada juventud”.
¡Tiempos difíciles! Dirán muchos a su alrededor. Pero Don Bosco no se arredró y se arremangó la camisa para encontrar alternativas y abrir nuevas perspectivas a sus muchachos. Don Bosco no se lamentó, no tuvo tiempo para quejarse de cómo estaban los jóvenes y lo mal que estaba la sociedad. Con una mirada penetrante sobre la realidad, con gran espíritu de iniciativa y con flexibilidad, con sacrificio y confianza en la Providencia, se puso manos a la obra:
“Apenas se pudo disponer de otras habitaciones, aumentó el número de aprendices artesanos, todos escogidos de entre los más abandonados y en peligro”.
“Apenas se pudo”, señala Don Bosco. Con un fuerte sentido del realismo pero con tenacidad y optimismo fue capaz de plantarle cara a la desolación y ponerse manos a la obra. Les ofreció a los muchachos un hogar, una familia y la posibilidad de crecer como personas. Una empresa de gigantes, una pequeña gota en el océano pero que llenó de sentido la vida del propio Don Bosco y – sobre todo – de sus jóvenes.
Y después vinieron los talleres, y la escuela, y los contratos, y la propuesta evangelizadora y catequética… Don Bosco, en ese mismo año, escogió a un buen grupo de sus mejores muchachos y les ofreció la posibilidad de vivir una experiencia de ejercicios espirituales. ¡Ejercicios espirituales! Parecía de locos. Ejercicios espirituales a aquellos muchachos pobres, abandonados y peligrosos… Muchos debieron pensar que Don Bosco era un ingenuo, que se equivocaba de lleno, que era como dar margaritas a los cerdos. ¡Cómo si los pobres no tuvieran derecho a que se les anuncie el Evangelio de Jesucristo! La experiencia fue tan buena, dice el propio Don Bosco, que a partir de aquel momento se repitió la experiencia cada año. Y de aquel puñado de muchachotes de la primera hora surgieron sus primeros colaboradores. El ambiente en el Oratorio cambió por completo.
¡Tiempos difíciles! No sé si peores o mejores que los nuestros. Pero como Don Bosco, no podemos perder el tiempo en lamentos y con confianza hemos de arremangarnos los brazos para encontrar veredas nuevas por las que anunciar a los jóvenes que Jesucristo es el Señor de la Vida.
Buena semana.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

jueves, 25 de junio de 2009

2010: CENTENARIO DE LA MUERTE DE DON RUA

Mis queridos amigos:
“Don Rua, si quisiera, haría milagros”. Así se expresa Don Bosco en las Memorias Biográficas refiriéndose a Miguel, uno de sus primeros muchachos en Valdocco, su primer salesiano y su más fiel colaborador hasta su muerte.
En el año 2010 la familia salesiana celebra el centenario de su muerte. El hoy beato es una de las figuras gigantescas de nuestra Congregación y sin embargo, para muchos, un gran desconocido.
Compartió con Don Bosco los primeros momentos del Oratorio, experimentó en primera persona su paternidad y descubrió junto a él horizontes anchos y hermosos para su vida. Se sintió tan amado y quiso tanto a Don Bosco que se quedó para siempre con él y junto a él caminó desde la más absoluta e incondicional fidelidad hacia el que siempre fue su padre.
Como el mismo Don Bosco le dijo cuando solo era un niño, Miguel fue en todo a medias con él. Don Rua creció a su lado, vivió los inicios de la Congregación, fue testigo del crecimiento y la expansión de nuestra familia y más tarde, con la fuerza del Espíritu consolidó la obra iniciada por el padre.
Fue el primer salesiano. Con la emoción y la sencillez de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación, Don Rua dejó escrito en su cuaderno de notas cuanto aconteció aquella noche de enero de 1854 en la habitación de Don Bosco:
“El día 26 de enero de 1854, por la noche, nos reunimos en la habitación de Don Bosco. Además de Don Bosco, estábamos Cagliero, Rocchetti, Artiglia y Rua. Nos propuso empezar, con la ayuda del Señor, una temporada de ejercicios prácticos de caridad con el prójimo. Después de ese tiempo, podríamos ligarnos con una promesa y esta promesa se podría transformar, más adelante, en voto. A partir de aquella noche se llamó ‘salesiano’ a todo el que adoptaba aquel género de apostolado”.
Aquel grupo de jóvenes era el presente y el futuro del sueño de Don Bosco que poco a poco se iba haciendo realidad entre los balbuceos de caminos inciertos pero con la determinación y la tenacidad de quien se sabe en manos de Dios.
Un año y algunos meses más tarde, el 25 de marzo de 1855, Miguel realizaba sus primeros votos privados delante de Don Bosco. Nadie más en aquella escena preñada de esperanza y hondamente significativa para nuestra historia salesiana. El acontecimiento tiene la portada de los inicios de las grandes obras. En la humildad de un rincón de Valdocco, sin gestos grandilocuentes, se alumbraba la Congregación Salesiana.
Don Rua trabajó con Don Bosco hasta la extenuación, escribió a su lado páginas hermosas de la historia salesiana y tomó el testigo al frente de la Congregación cuando el padre murió.
Durante su rectorado, la Congregación se consolidó, se extendió y alcanzó un desarrollo como nadie hubiera podido imaginar. Permaneció fiel a Don Bosco imitando de él todo lo que aprendió a su lado. Don Bosco decía, Don Bosco pensaba, Don Bosco quería… Fue su fiel intérprete en tiempos difíciles y para generaciones de salesianos el hilo rojo que los unía al Fundador.
Como Don Bosco, Miguel Rua fue un sacerdote auténtico y veraz, un hombre de su tiempo y un hombre de Dios. Como el maestro, el discípulo también bebió del agua pura del manantial de Valdocco y en aquella irrupción de la gracia el Espíritu le condujo por veredas de santidad. Su memoria es hoy, para nosotros, compromiso de fidelidad.
Vuestro amigo,
José Miguel Núñez